La conocí en un tren rumbo a Munich. Era una mañana fresca, que sabés que a eso de las doce empieza a pegar el sol más fuerte y el abrigo termina en la mochila. Medio perdido por el idioma y con mi cuaderno de notas siempre a mano, caminé entre los vagones hasta encontrar un asiento que cumpla con mis caprichos, que mire para adelante y del lado de la ventanilla. Encontré el lugar perfecto. A las características buscadas se le sumó una morocha de pelo largo ondulado, ojos caramelo, tez pálida sin imperfecciones y una sonrisa tapada por brackets, que hacían que su rostro de mujer tenga la picardía de una niña traviesa. Vestía de forma muy llamativa, y varios curiosos pretendían ser competencia. Desconociendo su origen, fui sin dudar por su ayuda y el destino colaboró. Nuestros acentos nos unieron enseguida a pesar de que las miradas ya se hacian cargo de algo. Ella era especial, tenía bien asumido su rol en la tierra y no estaba dispuesta a perder tiempo. Vivía en Hamburgo hace cuatro meses, no manejaba bien el idioma pero se las rebuscaba más que yo. Esa mañana me enamoré de Ruth.

No comments:
Post a Comment