Tuesday, June 14, 2011

La vida después del clásico


Diego Armando Díaz, cerca de cumplir 30 años yace en su cuarto frío, solitario y con muy pocos resquicios de luz. El fanatismo de su padre en los años '80 por el histórico diez de Boca, lo llevó a llamarlo así. Pero para él, más que un tributo, un homenaje al ídolo, llegó a confesar, que llevar dicho nombre compuesto, era una presión desagradable.
En estos días, parte de su rutina es recordar el pasado. Las imágenes bisagra de su vida se repiten una y otra vez en su cabeza. Busca explicaciones lógicas de su encierro, y todas desembocan en un responsable, Ramón Díaz, su progenitor.
Él, un metalúrgico, temperamental, violento y borracho. Sus prioridades eran Boca, el vino, los muchachos del sindicato y por último, su familia. Lucía tatuados, en el omóplato izquierdo la cara de Maradona, y en el gemelo derecho la firma de Riquelme. Su lugar en el mundo era la Bombonera, más precisamente la tribuna, en "la 12". Nunca compartieron nada, no se entendían. Todos los domingos, al volver de la cancha, entre golpes e insultos le hacía notar su decepción, su disgusto, sus diferencias. El soñaba con un hijo compinche, jugador de fútbol, fanático de Boca, pero el joven aborrecía todo eso, lo detestaba. Cada día que pasaba, sentía que ese no era su lugar. Culpaba a la suerte, a Dios y a todos los santos por hacerlo sufrir tanto.
A medida que pasaron los años, las inclinaciones de Diego eran cada vez más evidentes. Por la única razón que seguía bajo ese techo era por el amor mutuo e incondicional a su madre Marta, que los hacía inseparables. Ella era una encantadora ama de casa, que con su sonrisa y manos suaves lo protegía ante todo lo malo. Dueña de la receta de los mejores churros del barrio y muy buena consejera, siempre fue alguien especial. La extraña mucho, sobre todo para estas fechas. Lo único que lo reconforta en esta situación, es que sabe que ahora ella está feliz.
La oscuridad de su hogar lo obligaba a salir todas las noches con rumbo incierto, pero su retorno cerca de la madrugada tenía siempre el mismo desenlace: un padre alcohólico y frustrado, abusando de él.
Harto ya de su vida, decidió actuar. Era hora que conozcan la verdad, que sepan su secreto, no temió más nada. Se reveló contra el mundo machista que lo rodeaba, gritando cual era su condición. Buscó respeto, no quería ser más Diego Armando, él ahora es ella, es travesti, es Roxana.
Sigilosamente abrió el ropero de su madre y con muy buen gusto eligió las mejores prendas. Reemplazo el jean gastado por uno más ajustado, las zapatillas de marca por unos tacos aguja, soltó su pelo largo ondulado y maquillo su rostro con la perfección de una mujer. Con dos pares de medias improvisó unos voluptuosos pechos, se puso una remera a tono, tomó del cajón oculto de la mesa de luz de su padre un arma, la introdujo en una cartera de leopardo y aguardó.
Era domingo, y no fue uno más en la historia de los Díaz. Boca ganó 2 a 0 el clásico ante River. Algunos vecinos aseguran que Ramón entró a eso de las 22 a su casa como de costumbre, cantando canciones y marcando presencia en el barrio después de una victoria al eterno rival. A los pocos segundos, se escucharon un sinfin de detonaciones. La policía llegó al rato. Diego, con su nueva apariencia, se encontraba bañado en sangre y lágrimas, arrepentido sobre el cuerpo de su padre. Ya se acabaron los días tristes, ahora quedan los de soledad.

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