No soy primerizo en esto, las numerosas veces que realicé este trámite me hice la misma pregunta: ¿Qué harían de no estar yo?. Para colmo de males, como una especie de maldición, siempre me acompaña una intensa lluvia.
Es martes pasadas las seis de la mañana. Entre bostezos y esquivando charcos, subo al colectivo, el primero de los tres medios de transporte que debo tomar para llegar a Remedios de Escalada. Allí se encuentra la central de zona sur del PAMI, donde voy en busca de una firma y un sello para acceder, valga la redundancia, a remedios oncológicos, que en cualquier farmacia son inaccesibles por el precio.
El segundo transporte es el Roca. Pese a estar incomodo, me entretengo, con el ruido de las pesadas gotas sobre el tren y se me hace imposible no imaginarlos en mi lugar. Una vez en Avellaneda, hago combinación con el eléctrico y luego de 50 minutos, desde que salí de mi hogar, logro llegar a destino. La idea más recurrente en ese momento es como, casi sin querer, me volví fundamental en sus vidas.
Son los primeros días de primavera y la tormenta de Santa Rosa, este año no le importa estar algo retrasada, y está causando estragos. Al llegar, con la satisfacción de haber madrugado pese que la lluvia me incentivaba a otra cosa, ingreso al enorme edificio ubicado en Av. Hipólito Irigoyen 6247, confiado de ser uno de los primeros. Dicha confianza transformada en ilusión, se desplomó enseguida al recibir el número 78 o sea, en relación al tiempo de espera, unas cinco horas, en resumen: toda la mañana.
Luego de bajar unas escaleras me encuentro con una habitación muy iluminada, pero sin ninguna ventana y con mucha humedad. Repleta de gente y con muy pocos asientos libres. Como primera impresión me genera encierro, pero a medida que pasa el tiempo me voy acostumbrando. Además de las sillas y la gente, hay cinco escritorios, unos muebles grandes llenos de papeles y dos puertas.
Un hombre muy atento, me dice sin dudar:
“¡Pibe! Sentate acá, yo soy el 77, venís después de mí”-.
El 77 resultó ser: Hugo César Pernía. Jubilado, 74 años y muy orgulloso de su vista que le permitió, pese a la lluvia, llegar con su Fiat Uno azul a destino. Esta casado hace más de 50 años con Rosa y es propietario por más de un cuarto de siglo de un comercio en el centro de Quilmes. Con mucha voluntad puso esa mañana a disposición del PAMI por la misma razón que yo: una firma y un sello. Luego de varias anécdotas de juvenales andazas con su auto, nuestro trato ya es de amistad. Similitudes en los gustos futbolísticos y conocidos en común solidificaron una prematura relación de confianza. Entre confesiones comienza a relatar el porque de su presencia en dicho establecimiento. Su mujer padece cáncer desde hace unos 12 años, y una inesperada anemia complica su estado de salud. Necesita de suma urgencia un alimento nutricional muy costoso, que a través de PAMI se puede tramitar de forma gratuita. Preocupado por el amor de su vida, Rosa, no duda en confirmar que el esfuerzo por hacer la cola, sin importar: la lluvia, el horario, ni la edad, valía la pena.
Por mi parte, le cuento que mi abuelo se encuentra enfermo y nadie en la familia puede realizar el trámite más que yo. Mi accionar le llama la atención porque en ningún momento deja de remarcarlo. A medida que la charla fue avanzando, comenzamos a analizar la realidad de la condición de ser mayores de edad e intentamos idear soluciones, para hacer más prácticos los trámites.
En medio de la charla, sus palabras se vuelven cada vez más agradables, y sus consejos más profundos:
“Hoy acá te das cuenta que todos llegamos a ser viejos. Ahora vos que sos pibe, lo único que tenés que hacer, es disfrutar la vida. Porque cuando tengas mi edad va a ser complicado”.
Al notar que la charla con Hugo es entretenida, los números cercanos comienzan a relatar su situación.
Es el caso del 69º: Ana María. Abuela de María, la menor de tres hermanas, quien a parte de ser nieta, era abogada. Ella, asesora a Ana en un reclamo por una silla de ruedas, de hace más de dos años para su esposo. Ana es muy verborrágica, enseguida encontró complicidad con la señora del número 68 y al quedar sin charla, se acopla a la nuestra.
Cada cuatro o cinco frases repite:
“¡Qué lindo tu gesto querido! Mi nieta no pudo venir porque es abogada. Debés amar a tus abuelos!”-.
A las ocho de la mañana se abrieron los box. Los empleados, entre medialunas, café y mate, empezaron a llamar a la gente. La primera en pasar es una señora corpulenta, de voz potente, con rulos color fuego y temperamental hasta para caminar. Debido a no contar con el recibo de cobro de la jubilación, no pudo realizar el trámite. Su enojo se hizo notar y entre insultos, se retira pegando un portazo.
La preocupación de los presentes por la falta de algún papel imprevisto, se refleja en los comentarios. El temor por la perdida de tiempo, después de tanto sacrificio es el tema del momento. Algunas señoras, empezaron a ver mi presencia segura de tener todo en regla, con cierta envidia. Así que decido salir a desayunar. El temporal no ha pasado, la lluvia es aún más intensa. En mi indecisión por salir o quedarme, observo el intento fallido de cinco valientes abuelos, que decidieron batir el clima. Algunos equipados con piloto, botas y paraguas, acudieron al centro de PAMI en busca de la firma y el sello. Pero al ser más de las 8.30 horas, es demasiado tarde. Esa injusticia, me quita el apetito y decido volver al lado de Hugo.
“Vengo de Banfield. Con este dolor de cintura por la humedad, y 71 primaveras, no me quedó otra que venir igual. Tengo a mi marido en cama y necesita unos analgésicos porque no da más. ¿Sabés si tengo que fotocopiar la receta?. No todos tenemos la suerte que tienen tus abuelos, con alguien tan bueno cómo vos”. - afirma la º62 quien confía en que mi respuesta sea la esperada, apelando a mi juventud para analizar el papelerío.
Casi como una radiografía, por mi respuesta amable y analítica al trámite de la número º62, se acerca el señor con el número 86, luego el 76, 75 y 79. Como forma de presentación, exponen sus problemas, me cuentan su trámite, como hicieron a pesar de la lluvia para llegar temprano y me comentan sus dudas. Por razones obvias yo no tengo todas las respuestas, pero más o menos colaboro y en cierto modo algunos se relajan.
Llaman al número 58, cerca de las 11 de la mañana. A un promedio aproximado de veinte números por hora, mi palpito sobre perder mitad de jornada dentro del PAMI, es una realidad. La empleada, una de las dos personas dispuestas a atender a otras 89 al cabo de este turno, se la ve muy poco accesible. La mayoría que rebota en su intento de recibir, la tan preciada firma con su respectivo sello, lo hace luego de enfrentar su escritorio. Al más mínimo error en la receta, su exagerada rigurosidad, llena de descontento a los abuelos que se retiran tras el saludo con cantito soberbio:
“¡Nos vemos cuando tengas todo completito abuelo/a!”- repite al bochar a la gente sin los papeles en regla.
Después de un rato largo, y favorecido por ráfagas de silencio, descubro el porque de la demora. Como lo hacen conmigo, cada uno que es llamado realiza la misma rutina. Comenta su condición, problema, etc., sólo para ser escuchado, comprendido y apremiado en el esfuerzo que muchos desde el anonimato realizan día a día y no son reconocidos.
Incomprendidos, tristes y cansados salen sin intentan una mínima queja. Resignados, saben que en menos de lo pensado, van a realizar nuevamente este esfuerzo, hoy sin sentido. Otros satisfechos, saludan y desean suerte a sus colegas de espera, con la esperanza de volverse a ver en alguna otra hipotética cola.
El otro empleado, el “accesible”, las abuelas tienen estrategias para convencerlo. Es un hombre de unos 40 años, con un marcado sobrepeso. Con cualquier tipo de alimento, un alfajor, galletitas, o alguna factura, conquistan su bondad y este sin dudas, pone sello y firma a cualquier receta. Todos desean ir con él y algunas experimentadas, llevan una vianda preparada como ofrenda.
Se acerca mi número, y la distancia generacional interfiere entre las charlas con Hugo. Sin emitir sonido nos quedamos atentos al entorno. Se escuchan ronquidos, quejas, chusmeríos y algunas risas. De vez en cuando tras una mirada cómplice, me comenta su realidad y las anexa a consejos que acaparan toda mi atención.
“Hace 12 años que hago trámites en PAMI. Cada día que vengo me siento más viejo. A mi edad las horas, capaz son días y las semanas, años. No puedo entender como se manejan tan mal en este lugar. Claro está, como digo siempre, no tienen idea de lo que es llevar tantos años encima. Sabés que divertido sería que se acerquen centros recreativos para que a través de juegos podamos sociabilizarnos con el resto de los jubilados. O que aparezca alguien con un poco de corazón, que te ayude a despejar la mente para que se deje de hablar de enfermedades y de muertes” - sugiere en voz potente con la ilusión de ser tomado en cuenta.
“Extraño mucho todos los buenos momentos de juventud, vitalidad y felicidad. Pero en vez de desperdiciar el tiempo con quejas sobre mi vejez, prefiero aprovechar la vida con la certeza de que en el final de mis días, esta me va a dar la chance, con sólo cerrar los ojos, de volver a todos esos hermosos recuerdos que recolecté en el camino” - reflexiona en forma de monólogo con mucha tranquilidad.
No es necesario interrumpirlo. Escuché cada palabra y las archivé en mi cabeza. Lo miro a los ojos y noto un dejo de satisfacción. Antes de que llegue el momento de pasar, en fortuna para él con el robusto y en mi desgracia con la señora me dice:
“Te espero y nos vamos juntos en el auto para Quilmes, ¡así no te mojás!” -
Entre chistes e intentando caer simpático tomo asiento en el box de la señora. Bajo la promesa de salir lo más rápido posible y no perder tiempo, le entrego todos los papeles sin preámbulos. Después de unos minutos de análisis, la meticulosa empleada, encuentra la falla. Falta el sello de la doctora de cabecera, o algo semejante que no llegué a entender bien. Sin dejarme lugar a reacción y en diminutivo me canta:
“¡Vení mañana tempranito querido! La próxima con todo completito... ¡79!” - grita llamando al siguiente número.
Con bronca, mientras espero que Hugo le entregue el alfajor triple de chocolate al empleado obeso, a cambio de la firma y el sello, entiendo cada palabra de sus consejos. Hasta me siento un poco más viejo. Esta frustración me lleva inevitablemente a pensar en mis abuelos y que duro hubiera sido para ellos pasar por esta situación. Como consuelo, tengo a mi juventud y todos los momentos que están por venir que se transformaran en recuerdos al llegar a ser viejo. Como advertencia, que muchas veces el ser jubilado puede ser un castigo.

No comments:
Post a Comment